INTRODUCCIÓN
Aleister Crowley es de esos personajes que uno conoce y piensa: “¿Este tipo de verdad existió?” Porque sí, existió… y vaya que dejó huella. Fue llamado “la Bestia 666”, “el hombre más perverso del mundo” y una lista interminable de apodos diseñados para escandalizar a cualquiera que aún viviera con mentalidad victoriana. Pero detrás del mito está un hombre que fue mucho más que una caricatura satánica: escritor, explorador, ocultista, drogadicto, filósofo improvisado, gurú involuntario y maestro del caos personal.
Crowley vivió como si su objetivo fuera incomodar a todo el mundo. Y en gran parte lo logró. Sus excesos, sus experimentos, sus rituales rarísimos, su filosofía de libertad absoluta y su interminable necesidad de llamar la atención hicieron que pareciera peligroso para algunos y fascinante para otros. Ese es Crowley: un tipo al que puedes admirar y detestar en el mismo párrafo.
Este texto no va a darte un sermón ni una clase de historia.
La idea es más simple: platicarte quién fue este personaje, pero también contarte qué se decía de él… y qué era real. Porque si algo rodea a Crowley, son rumores: desde ritos diabólicos hasta orgías mágicas, pasando por muertes misteriosas, maldiciones y prácticas que hasta hoy siguen alimentando su leyenda negra.
Por eso aquí vamos a usar un método muy claro:
Primero, lo que se decía: la versión sensacionalista, exagerada, la que vendía periódicos y hacía temblar a las señoras de la época. Luego, lo que realmente pasó: lo documentado, lo que sí está comprobado, lo que no depende del chisme. Finalmente, por qué se dijo eso: quién inventó qué, por qué los tabloides lo odiaban, qué papel jugaba su propia actitud provocadora y qué tanto influyó el miedo social a todo lo que él representaba.
Así evitamos inventar tonterías, pero también podemos entrar de lleno en lo que vuelve a Crowley tan provocador, tan exagerado, tan… Crowley.
Porque al final, entender su vida es entender un choque brutal entre un tipo que quería libertad total y una sociedad que vivía con la moral atorada en el siglo XIX. Cuando juntas esos dos mundos, salen historias tan bizarras que parecen ficción.
Vamos por partes.
Primero, ¿cómo se fabrica una “Bestia 666”? Vamos al origen.
I. INFANCIA ENTRE FANÁTICOS: EL NACIMIENTO DE UNA “BESTIA”
1. Los rumores
Si uno se queda solo con los chismes de la época, parecería que Crowley nació casi marcado por el diablo. Que desde niño ahorcaba gatos “para invocar espíritus”, que hablaba con fuerzas oscuras, que tenía visiones extrañas y que su familia lo temía porque “traía el mal adentro”. Esta parte de la leyenda pinta a un niño siniestro, inquietante, casi como si fuera la precuela de una película de terror.
Según esos rumores, la conexión de Crowley con lo “prohibido” empezó desde la cuna, como si hubiera algo torcido en él desde siempre.
Obviamente, eso vendía un montón de periódicos. Y funcionaba: a la gente le encanta imaginar que los villanos nacen siendo villanos… aunque la historia real sea mucho más humana (y mucho más triste).
2. La realidad
Crowley no nació siendo una “Bestia”, ni un demonio, ni un niño raro con inclinaciones sobrenaturales. Nació en una familia profundamente religiosa, de esas que rozan el fanatismo, de esas que parecen vivir en un mundo paralelo donde todo es pecado, todo es vigilancia y Dios te observa hasta cuando respiras.
Sus padres pertenecían a un grupo cristiano ultraconservador llamado los Plymouth Brethren. Ellos no aceptaban alcohol, tabaco, juegos, libros “mundanos”, teatro, nada de diversión. Sus días eran misas, lecturas bíblicas, oraciones y más oraciones. Era un ambiente tenso, rígido, donde Crowley tenía que aguantar sermones eternos sobre el infierno, el castigo y la pureza.
Aquí es donde empieza el verdadero origen de su rebeldía.
Cuando Crowley era niño, veía a su padre como una figura perfecta, casi como un santo. Pero cuando su padre murió —Crowley tenía 11 años— el golpe emocional fue devastador. Se quedó con una madre que no sabía cómo manejar a un niño brillante, inquieto y con una personalidad fuerte. Ella lo castigaba, lo llamaba “la Bestia”, lo reprimía por todo.
Ese apodo, “la Bestia”, era un insulto, no una profecía. Crowley, como buen adolescente resentido y frustrado, lo adoptó más tarde como una forma de burla hacia su propia crianza.
Lo que la leyenda cuenta como señales de un “niño demoníaco” eran simplemente travesuras, conflictos familiares y una enorme represión emocional en un ambiente donde cualquier muestra de independencia era vista como pecado.
El verdadero origen de su rebeldía no fue lo sobrenatural: fue el exceso religioso.
3. De dónde salieron los mitos
La imagen del “niño oscuro” viene de tres lugares:
a) La prensa sensacionalista
Décadas después, cuando Crowley ya era famoso por sus escándalos, los tabloides británicos empezaron a escarbar en su infancia para justificar el monstruo en el que ellos decían que se había convertido.
Y claro, si un adulto provoca escándalos… la gente quiere creer que “algo ya venía mal desde niño”.
b) Sus enemigos religiosos
Lectores, sacerdotes y comentaristas cristianos reinterpretaron su rechazo a la religión como “evidencia” de que Crowley estaba poseído por fuerzas malignas o predestinado al mal. Era más fácil decir: “nació maldito” que aceptar que Crowley simplemente odiaba el fanatismo en el que creció.
c) El propio Crowley
Esto es clave: él mismo ayudó a inflar el mito.
Crowley adoraba verse como figura peligrosa, misteriosa, “prohibida”. Así que cuando le preguntaban por su infancia, exageraba, insinuaba, dejaba espacios en blanco.
No porque fuera verdad, sino porque le convenía que la gente creyera en esa versión más dramática.
Crowley no nació monstruo; lo bautizaron como tal.
Su infancia no es la historia de un niño maligno, sino la de un chico atrapado en un ambiente religioso asfixiante que terminó por reventar… y reventó con fuerza.
La “Bestia” no llegó desde afuera: fue construida —por su madre, por la prensa y por él mismo— mucho antes de que escribiera su primer hechizo.
Cuando entiendes esto, todo lo que viene después empieza a tener más sentido.
II. LA GOLDEN DAWN: LA CUNA DEL ESCÁNDALO MÁGICO
1. Los rumores
Si uno leyera solo lo que se decía en esa época, parecería que la Hermetic Order of the Golden Dawn era una especie de Hogwarts para adultos… pero versión pesadilla: túnicas negras, rituales a medianoche, peleas entre magos, invocaciones de entidades oscuras y un Crowley llegando como un estudiante prodigio que rápidamente supera a todos y provoca caos por donde pasa.
Los tabloides lo pintaban como un joven ambicioso que entró a la orden para aprender “magia negra real”, para escalar poder dentro del grupo, incluso para usurpar el liderazgo a punta de hechizos. Había historias de enfrentamientos místicos entre él y otros integrantes, de rituales que se salieron de control y de tensiones tan fuertes que los “maestros” tuvieron que expulsarlo para evitar una guerra interna.
Básicamente lo presentaban como el alumno rebelde que casi destruye la escuela.
Suena espectacular, claro. Perfecto para vender periódicos.
Pero como siempre: la versión ruidosa no es la versión real.

2. La realidad
La Golden Dawn sí era una orden esotérica seria (dentro de lo esotérica que pueda ser una orden de magia ceremonial), con rituales elaborados, símbolos, grados, juramentos y muchísima teatralidad. Pero no era ese nido de hechiceros sin control que pintaban los rumores.
Crowley entró muy joven y, honestamente, era demasiado talento para un lugar tan rígido.
Era brillante, disciplinado, aprendía rápido y tenía una memoria casi fotográfica. En cuestión de meses dominó rituales que otros tardaban años en aprender. Esto generó envidias inmediatas.
Él mismo decía cosas como “la cocaína abre puertas internas” o “la heroína me ayuda a escapar de ciertos límites del yo”.
¿Problema? Crowley también era:
imprudente, provocador, arrogante, y cero diplomático.
La combinación no era ideal.
Los conflictos reales dentro de la Golden Dawn no se dieron por “magia negra”, sino por peleas de ego, diferencias políticas dentro del grupo y tensiones entre sus líderes. El punto más álgido ocurrió cuando Crowley recibió permiso para avanzar en la orden por parte de MacGregor Mathers (uno de los líderes principales), pero los otros miembros se negaron porque simplemente no lo soportaban.
El famoso episodio del “asalto al templo” —que los tabloides vendieron como un enfrentamiento místico épico— no fue más que una pelea burocrática: Crowley, vestido con túnica ceremonial, llegó a una sede de la Golden Dawn en Londres para exigir que lo dejaran entrar. Y lo recibieron con un simple “no”.
Sin rayos mágicos. Sin hechizos. Sin ataques psíquicos.
Lo echaron como quien saca a un fan molesto de un backstage.
La Golden Dawn terminó rompiéndose en facciones, y Crowley se fue por su lado, resentido pero mucho más libre para hacer lo que quería.
Paradójicamente, fue lo mejor que pudo pasarle: sin esa expulsión, no habría creado su propio camino y su figura nunca habría crecido tanto.
3. De dónde salieron los mitos
a) Tabloides hambrientos de magia y escándalo
A finales del siglo XIX en Londres, cualquier cosa que oliera a ocultismo era oro puro para la prensa. Una pelea entre dos tipos vestidos con túnicas podía venderse como “guerra de hechiceros”.
Crowley era un regalo para ellos.
b) Rivalidades internas de la Golden Dawn
Los miembros que no lo querían empezaron a hablar pestes de él, describiéndolo como un irresponsable, peligroso o incluso “demoníaco”.
Era pura política interna, pero afuera sonaba como algo sobrenatural.
c) El propio Crowley también echó leña al fuego
A Crowley le encantaba que lo vieran como una fuerza disruptiva, un mago poderoso que provocaba miedo. Así que exageró, insinuó y dejó que los rumores flotaran sin desmentir nada.
d) El imaginario popular necesitaba un villano
La Golden Dawn era demasiado “exótica” para su época, así que cuando la prensa buscaba un culpable de sus líos internos, apuntar a Crowley era lo más fácil.
Era joven, excéntrico, sexualmente libre y demasiado inteligente.
El combo perfecto para convertirlo en el malo de la historia.
En la Golden Dawn, Crowley no fue un mago oscuro que casi destruye la orden. Fue un tipo talentoso, arrogante y explosivo que chocó con un grupo lleno de personas igual de intensas que él. El mito se escribió solo porque la prensa, sus rivales y él mismo querían que pareciera algo mucho más grande que una pelea de egos en un club esotérico.
III. THELEMA: UNA FILOSOFÍA ENTRE LA LIBERTAD Y EL CAOS
1. Los rumores
Cuando Crowley anunció que había recibido un libro dictado por una entidad sobrenatural llamada Aiwass, los tabloides casi explotaron. Según ellos, Thelema no era una filosofía: era una puerta abierta al caos, un culto egoísta, una invitación a destruir toda moral y vivir como bestias.
La frase central del libro —“Haz tu voluntad será toda la Ley”— fue interpretada como si Crowley estuviera promoviendo una vida sin reglas:
robo, libertinaje, anarquía, violencia, desenfreno… básicamente, una sociedad ardiendo en llamas mientras todos actúan según sus caprichos.
Algunos periódicos y predicadores incluso dijeron que Thelema era la primera religión abiertamente “anticristiana” de la historia moderna, diseñada para corromper a jóvenes, destruir familias y convertir el mundo en un carnaval de pecado.
Para la gente conservadora de principios del siglo XX, la idea de una religión basada en hacer tu voluntad sonaba tan peligrosa como dejarle un lanzallamas a un niño aburrido.
2. La realidad
Lo increíble es que Thelema, en esencia, no tiene nada que ver con esa caricatura. Crowley nunca dijo “haz lo que quieras”; lo que dijo fue “haz tu voluntad”, y para él esa “voluntad” no era capricho, sino una misión personal profunda.
Para Crowley, la “voluntad verdadera” era algo así como tu propósito vital, esa cosa que te mueve desde dentro y que no depende de deseos superficiales ni presiones sociales. Seguir esa voluntad requería disciplina, introspección y una mezcla rara de misticismo, psicología y simbolismo antiguo.
La base de Thelema se apoya en:
rituales simbólicos, meditación, estudio místico, mezcla de tradiciones orientales y occidentales, y una visión muy particular del desarrollo espiritual.
Crowley también hablaba del amor como fuerza central:
“El amor es la ley, amor bajo la voluntad.”
Si uno lo lee con calma, suena más a filosofía de autodescubrimiento que a un culto libertino.
El problema real es que Crowley mezclaba estas ideas profundas con:
provocation constante, humor ácido, escándalos, y una imagen pública diseñada para irritar.
Así que Thelema, aunque tenía una base seria, siempre vivió envuelta en la reputación de su creador.
La verdad es simple:
Thelema no era una invitación al caos, era una mezcla rara de misticismo, individualismo y búsqueda interior.
Pero como venía de Crowley… nadie le dio el beneficio de la duda.

3. De dónde salieron los mitos
a) Crowley se promocionaba como “La Bestia 666”
Si tú mismo te vendes como enemigo del cristianismo, no esperes que los cristianos entiendan tu filosofía con buena voluntad.
Crowley jugaba con fuego y luego se quejaba de que quemara.
b) La frase “Haz tu voluntad” fue un regalo para los tabloides
Sacada de contexto suena terrible, y la prensa la usó como más le convenía.
Era perfecta para decir: “Crowley quiere destruir la moral”.
c) Su estilo de vida no ayudaba
Hablar de disciplina espiritual mientras tienes escándalos sexuales, consumo de drogas y peleas públicas… bueno, no es la mejor estrategia de relaciones públicas.
d) La época no estaba lista
La Inglaterra victoriana tardía era un mundo donde:
Así que imagina lo que pasaba cuando se decía que un ocultista, ya de por sí polémico, jugaba con heroína, cocaína, opio, éter y mescalina como si fueran ingredientes de cocina.
la sexualidad era tabú, la religión dominaba la vida pública, la individualidad estaba reprimida, la moral era rígida.
Thelema surgió en el peor momento posible para tratar de ser comprendida.
e) Sus seguidores tempranos también exageraron
Algunos discípulos romantizaban, otros fantaseaban, otros malinterpretaba.
Crowley era carismático, pero no siempre claro.
Thelema no fue la religión del caos que todos imaginaban. Fue un intento —bastante ambicioso— de crear un sistema espiritual moderno basado en la libertad interior. Pero entre la personalidad explosiva de Crowley, el miedo social a todo lo “prohibido” y el gusto de la prensa por el escándalo, la idea terminó convertida en un monstruo mediático que no se parecía mucho a lo que él realmente quiso construir.
IV. SEXO, MAGIA Y ESCÁNDALO
1. Los rumores
Aquí entramos a la parte que más escándalos generó en su época: el sexo.
Para entender cómo lo veían en esos años, imagina a la sociedad victoriana —toda rígida, moralista, y asustada del deseo— enterándose de que había un hombre promoviendo rituales sexuales, mezclando desnudez con símbolos mágicos, escribiendo sobre erotismo sin tapujos, y hablando de que el cuerpo podía ser una herramienta espiritual.
¿Resultado?
Pánico total.
Los rumores hablaban de:
orgías rituales, prácticas “diabólicas” al estilo de películas de terror, desenfreno sin límites, rituales de sexo grupal a la luz de velas, sometimiento, dominación, y todo tipo de perversión imaginable.
Para los tabloides, Crowley no era un ocultista: era el villano sexual definitivo.
Decían que convertía a las mujeres en “esclavas mágicas”, que corrompía a jóvenes, que utilizaba rituales para manipular mentalmente a sus seguidores y que destruía matrimonios enteros.
En resumen:
lo pintaban como el creador de un culto sexual sin reglas ni moral.
¿La verdad?
Las cosas no fueron tan simples… ni tan extremas como las pintaban.
Pero sí hubo elementos reales que alimentaron esa hoguera.
2. La realidad
Crowley sí practicaba algo que él llamaba “sex-magick”, una combinación de misticismo, meditación, energía sexual y simbolismo ceremonial. Pero no era un pretexto para orgías sin control, ni una fantasía sadomasoquista permanente.
Lo que realmente pasaba era esto:
a) Crowley veía el sexo como energía espiritual
No era algo nuevo: varias tradiciones esotéricas antiguas, especialmente del tantra y ciertas ramas del misticismo occidental, ya vinculaban la sexualidad con estados alterados de conciencia.
Crowley simplemente llevó esas ideas al extremo… y al público.
b) Sus rituales sexuales no eran masivos
No eran orgías gigantescas.
Generalmente eran rituales privados entre dos personas (a veces tres), usando el orgasmo como punto de enfoque meditativo.
Para él era una herramienta, no una fiesta.
c) Sí hubo prácticas intensas
Crowley tenía una personalidad tormentosa y una visión muy poco convencional de las relaciones.
Tenía relaciones simultáneas, cambiaba de pareja con frecuencia, y su vida amorosa era un caos emocional.
Esto sí es real.
Pero la idea de que “dominaba mentalmente” a sus seguidores o que había abuso sistemático no está respaldada por evidencia.
Lo que sí existió fue un círculo de personas que compartían rituales con él bajo consentimiento, aunque a veces la dinámica emocional era complicada.
d) Era bisexual en tiempos donde eso era ilegal
Crowley no escondía su bisexualidad y eso, en sí mismo, era escandaloso.
Cualquier relación homosexual era criminalizada.
Él lo hacía abiertamente y además lo escribía.
Así que los tabloides tenían material para exagerar… y lo hacían sin piedad.
e) Lo que él escribía era muy explícito
Crowley escribió poesía, diarios y rituales con lenguaje sexual muy directo.
Para la época, eso equivalía a terrorismo moral.
Eso sí: todo lo que hacía era entre adultos y, según la información disponible, consensuado.
No hay datos serios que apunten a prácticas criminales ni a rituales al estilo de las fantasías de Hollywood.
3. De dónde salieron los mitos
a) La prensa estaba obsesionada con sexualizarlo
Era perfecto para vender el periódico:
“El mago pervertido”,
“El culto sexual”,
“La Bestia 666”.
Crowley daba clics… antes de que existieran los clics.
b) La sociedad no podía procesar la idea de sexo + espiritualidad
Para una mente victoriana, unir sexo con religión o misticismo era casi sacrilegio.
De ahí que todo se distorsionara hacia lo demoníaco.
c) Sus enemigos en la Golden Dawn lo pintaron como un degenerado
Era una manera fácil de desacreditarlo, y funcionó.
d) Crowley mismo contribuía al escándalo
Jamás corregía exageraciones.
Muchas veces las alimentaba.
Le encantaba asustar a la gente conservadora.
e) Su estilo de vida caótico tampoco ayudaba
Viajaba, cambiaba de pareja, rompía tabúes y escribía sobre todo eso.
Era imposible que la prensa lo dejara en paz.
Crowley nunca dirigió un culto sexual al estilo “satánico” que se inventó la prensa. Pero sí exploró la sexualidad de una manera abierta, ritual, intensa y provocadora en una época que estaba aterrada de cualquier cosa que no fuera misionero con las luces apagadas.
Él empujó el límite… y la sociedad empujó de vuelta creando un mito gigante.
V. LAS DROGAS Y LA SOMBRA INTERIOR
1. Los rumores
Dentro de la lista de cosas escandalosas que se decían de Crowley, el tema de las drogas ocupaba un lugar especial. Los tabloides lo describían casi como un hechicero degenerado: alguien que se drogaba día y noche para “hablar con demonios”, que mezclaba sustancias peligrosas en rituales prohibidos y que obligaba a sus seguidores a consumirlas como parte de su “culto”.
A veces lo pintaban como un adicto sin control; otras veces, como un maestro siniestro que usaba estupefacientes para manipular mentes. En los rumores, Crowley parecía tener siempre una botella en una mano y una jeringa en la otra.
Una especie de “brujo farmacéutico” del mal.
Para su época, hablar abiertamente de drogas era un tabú brutal.
Era la receta perfecta para convertirlo en un monstruo público.
2. La realidad
Aquí no hay que rodeos: Crowley sí consumía drogas… muchas, y por muchos años.
Pero no de la forma demonizada que contaban los tabloides.
a) Empezó por razones médicas
Irónicamente, varias de las sustancias que luego se volvieron parte de su vida le fueron recetadas por doctores:
La heroína, por ejemplo, era vendida como medicamento para problemas respiratorios y como analgésico. Crowley tenía asma severa, y la consumía siguiendo prácticas que, para su época, eran bastante normales.
b) Después las incorporó a su trabajo mágico
Crowley creía que las drogas alteraban la conciencia de formas útiles para ciertos rituales y meditaciones.
En vez de ocultarlo, lo escribía abiertamente, lo cual en su época era casi suicidio social.
No era raro que mezclara sesiones de yoga, rituales, ayunos y pequeñas dosis de sustancias con fines experimentales.
c) Y sí: terminó adicto
Con el paso del tiempo, especialmente después de varios fracasos personales, divorcios, peleas y decepciones, Crowley cayó en un consumo problemático.
La heroína y la cocaína se volvieron parte de su rutina.
No hay manera de suavizarlo: Crowley tenía una adicción seria.
d) Pero no drogaba a la gente para controlarlos
No hay evidencia de que obligara a sus seguidores a consumir nada.
Algunos lo hacían con él; otros no.
Los rituales con drogas eran entre adultos que sabían a lo que iban, aunque el juicio emocional dentro del círculo de Crowley a veces era cuestionable.
e) Su personalidad empeoró por el consumo
A partir de los años 20, la adicción empezó a deteriorar su salud, su humor y su capacidad de mantener relaciones sanas.
No se volvió peligroso, pero sí inestable, impulsivo e impredecible.
El Crowley decadente y enfermo de sus últimos años tiene todo que ver con las drogas… pero nada que ver con los mitos de “hechicería narcótica” que inventó la prensa.
3. De dónde salieron los mitos
a) La época demonizaba cualquier droga
Lo que hoy sería visto como consumo recreativo o dependencia, en esa época se interpretaba como corrupción moral.
b) Crowley escribía todo en sus diarios
Sus rituales, dosis, experimentos… todo.
Años después, sus enemigos usaron esos escritos para construir una imagen exagerada de degeneración total.
c) La mezcla de ocultismo + drogas era dinamita mediática
Para la prensa era irresistible:
“brujo drogadicto”,
“magia narcótica”,
“rituales bajo sustancias”.
Cada palabra era un titular.
d) Crowley no tenía filtro
Frases así eran básicamente fuego directo para la prensa conservadora.
e) La gente confundía exploración con destrucción
Crowley experimentaba, pero sus excesos lo alcanzaron.
Aun así, el público prefería pensar que estaba realizando rituales diabólicos que aceptarlo como un adicto común y corriente.
Sí, Crowley consumió drogas en exceso. Sí, muchas de sus experiencias esotéricas estaban influidas por eso. Y sí, ese consumo terminó por pasarle factura.
Pero los rumores de orgías químicas, manipulación mental y rituales narcóticos son más fruto de la imaginación colectiva que de lo que realmente sucedía.
Crowley no fue un “brujo de laboratorio oscuro”, sino un tipo con demasiadas ideas, demasiado ego y demasiadas sustancias encima durante demasiados años.
VI. LA ABADÍA DE THELEMA (ITALIA): VERDAD Y LEYENDA
1. Los rumores (VERSIÓN SENSACIONALISTA, COMO LO HABRÍA CONTADO UN TABLOIDE DE 1923)
Si uno se deja llevar por lo que se escribía en la época, la Abadía de Thelema en Cefalú no era una comuna esotérica: era una auténtica casa del horror. Los periódicos hablaban de un lugar donde reinaba el caos, la perversión, la oscuridad y la “magia negra más impía”. Según los relatos sensacionalistas, Crowley había fundado una especie de templo pagano donde se realizaban rituales sexuales descontrolados, sacrificios simbólicos, invocaciones demoníacas y experimentos psicológicos que rompían la mente de cualquiera.
El ambiente, decían, era tan degradante que las paredes estaban cubiertas de símbolos diabólicos, frescos obscenos, figuras retorcidas y pinturas que representaban orgías, sangre y criaturas del inframundo. Lo describían como una especie de “infierno artístico” donde cada habitación era un altar dedicado a algún vicio.
Los tabloides aseguraban que Crowley forzaba a los residentes —hombres y mujeres por igual— a someterse a rituales “inhumanos”, que les prohibía rechazar cualquier orden, y que los aislaba emocionalmente para convertirlos en esclavos devotos de su voluntad.
Según estos rumores, en la Abadía se mezclaban:
drogas potentes, sexo ritual extremo, ayunos forzados, animales sacrificados, visiones inducidas, y episodios de histeria colectiva.
Y por supuesto: la muerte de Raoul Loveday fue el combustible perfecto para el incendio mediático.
Los periódicos británicos no solo insinuaron sino prácticamente afirmaron que Loveday murió como parte de un ritual macabro, que Crowley lo obligó a beber sangre de un gato sacrificado en una ceremonia y que su esposa escapó horrorizada, jurando que aquello era “el mismísimo infierno disfrazado de retiro espiritual”.
En los titulares de la época, la Abadía de Thelema no era un experimento esotérico: era una secta diabólica en pleno funcionamiento dirigida por un mago loco que había perdido toda conexión con la realidad.
Una versión digna de película… y completamente irresistible para un público conservador y hambriento de escándalo.
2. La realidad (LO QUE REALMENTE PASÓ)
Ahora, dejamos atrás la teatralidad y entramos a lo verificable.
La Abadía de Thelema sí fue un desastre, pero no por razones sobrenaturales ni rituales satánicos. Su caos era más humano, más triste y más desordenado.
a) Era una comuna improvisada, sin reglas ni estructura
Crowley quería crear un espacio donde él y sus seguidores pudieran practicar Thelema sin restricciones. El problema es que:
no había planificación, no había recursos, no había horarios, no había higiene, y Crowley no era precisamente un buen administrador.
La Abadía era una mezcla de casa de retiro, taller artístico, centro de meditación y zona de fiesta… todo sin control.
b) Sí había rituales, pero no del tipo Hollywood
Los rituales incluían meditación, recitación, visualizaciones, uso de drogas, simbolismo sexual y a veces desnudez.
Pero nada señala un patrón de violencia, coerción o prácticas diabólicas.
c) Crowley sí pintó las paredes… pero no eran frescos demoníacos para invocar nada
Las paredes estaban cubiertas de símbolos, dioses, figuras sexuales y textos místicos.
Eran parte de su estética esotérica, no un museo de horrores.
A la prensa de 1923 no le hacía falta mucho para convertir arte erótico en “culto satánico”.
d) La muerte de Raoul Loveday NO ocurrió en un ritual
Este punto es crucial:
Loveday murió de una infección causada por beber agua contaminada.
Nada más.
El agua de Cefalú, especialmente en zonas rurales, no era segura en esa época.
No hay evidencia de que Crowley lo obligara a beber sangre de gato o que hubiera un ritual involucrado.
La autopsia y los testimonios lo confirman.
e) Hubo consumo de drogas, sí, pero no “orgías químicas dirigidas”
Los que consumían lo hacían por decisión propia. Y no eran tantos.
Crowley no tenía los recursos para drogar a toda una comunidad; a veces no tenía ni para pagar la comida.
f) Sí hubo estrés emocional, relaciones tensas y desequilibrio
Eso es real.
La combinación de:
aislamiento, rituales intensos, confusión espiritual, consumo de drogas, relaciones complicadas, y un líder impredecible fue creando un ambiente psicológicamente pesado.
No era una secta satánica.
Era un grupo de personas con ideas raras viviendo en condiciones precarias y siguiendo a un hombre brillante pero profundamente inestable.
g) Mussolini no expulsó a Crowley por ritos satánicos
Lo expulsó porque era extranjero, raro, provocador y su comunidad estaba atrayendo demasiada atención internacional negativa.
Para un régimen fascista obsesionado con la imagen pública, eso era inaceptable.
3. De dónde salieron los mitos (Y POR QUÉ SE HICIERON TAN GRANDES)

a) Los tabloides británicos necesitaban un villano perfecto
Crowley era:
bisexual, drogadicto, occultista, rebelde, escandaloso, y siempre listo para provocar.
Era demasiado jugoso para dejarlo pasar.
b) La esposa de Loveday, devastada y furiosa, necesitaba culpar a alguien
Ella odiaba la Abadía, odiaba a Crowley y estaba emocionalmente destruida.
Cuando regresó a Inglaterra, los tabloides la recibieron como si fuera la única sobreviviente de un culto satánico.
Muchas de sus declaraciones fueron manipuladas o sacadas de contexto.
c) La sociedad de la época tenía pánico sexual y religioso
Todo lo que oliera a libertad sexual era visto como perversión.
Todo lo que oliera a misticismo no cristiano era “demoníaco”.
Crowley tenía ambas cosas.
d) Crowley se divertía fomentando el misterio
Nunca desmintió nada.
Nunca aclaró nada.
A veces exageraba él mismo.
Amaba que lo vieran como “la Bestia”.
Para la prensa, esto era básicamente permiso para inventar lo que quisieran.
e) Mussolini necesitaba un pretexto para expulsarlo
Y la narrativa de “brujo degenerado” le cayó como anillo al dedo.
La Abadía de Thelema no fue un templo de horrores ni una secta sanguinaria. Fue un experimento espiritual desordenado, caótico y mal gestionado, dirigido por un hombre brillante, adicto, excesivo y emocionalmente inestable.
Fue un lugar donde hubo descontrol, problemas de salud, tensiones internas y un líder que no sabía poner límites ni cuidarse a sí mismo, mucho menos a los demás.
Los rumores hicieron el resto: tomaron ese caos real y lo transformaron en una película de terror. Y Crowley, fiel a su personaje, nunca hizo nada para detener esa fantasía.
VII. EL MAGO COMO CELEBRIDAD: ¿EL PRIMER INFLUENCER?
1. Los rumores
En su época, Crowley no era solo un mago, un escritor o un escándalo ambulante. Para muchos, era casi un manipulador de masas: un hombre con la capacidad de hipnotizar, seducir y controlar a quien lo escuchara. Los tabloides decían que tenía “influencia diabólica”, que sus seguidores estaban “bajo su hechizo” y que usaba su mirada, sus palabras y su carisma para dominar mentes débiles.
Algunas notas lo describían como si fuera una especie de líder sectario capaz de convencer a cualquiera de abandonar su familia, su trabajo y su cordura. Su figura pública se parecía cada vez más a la de un villano carismático: alguien que no necesitaba magia real para ejercer poder, porque su personalidad ya era suficientemente peligrosa.
En pocas palabras:
los rumores decían que Crowley era una celebridad hipnótica, un influencer maligno décadas antes del internet.
Y lo más curioso es que, aunque exagerados, esos rumores no estaban tan lejos de algo importante: Crowley sí tenía una habilidad muy particular para atraer atención… y sabía perfectamente cómo usarla.
2. La realidad
Crowley no tenía poderes mágicos para controlar a nadie, ni era un líder mesiánico al estilo de las sectas modernas. Pero sí tenía algo que hoy reconocemos muy bien: carisma, estilo, y una enorme capacidad para construir una imagen pública poderosa.
De hecho, si Crowley viviera hoy, es casi seguro que sería una mezcla entre:
influencer espiritual, filósofo polémico, artista de performance, y creador de contenido de escándalo.
Lo que lo hacía tan “influyente” no era magia, sino su talento para manejar elementos que hoy son básicos en redes sociales:
a) Una identidad clara y visualmente fuerte
Crowley tenía un estilo inconfundible: túnicas, símbolos, posturas teatrales, nombres místicos.
Era marca personal antes de que la idea existiera.
b) Sabía provocar a propósito
Hacía declaraciones escandalosas, se autoproclamaba “La Bestia 666”, se burlaba del cristianismo, escribía sobre sexo sin censura.
Era el rey del clickbait victoriano.
c) Entendía el poder del misterio
Dejaba cosas sin explicar, exageraba historias, insinuaba secretos, cultivaba su aura de peligro.
En redes eso se llama “generar engagement”.
d) Tenía comunidad
No masiva, pero sí devota.
Sus seguidores lo citaban, lo defendían, imitaban sus rituales y adoptaban sus ideas.
Era prácticamente un fandom.
e) Vivía de su reputación
Sus libros, cursos, conferencias, rituales privados… todo se vendía gracias a su imagen de mago prohibido.
Crowley era un influencer artesanal, hecho a mano, sin internet.
Pero la lógica era la misma que la de cualquier influencer moderno:
crear un personaje, atraer miradas, generar controversia, construir lealtad, vivir de la atención.
3. De dónde salieron los mitos
a) La sociedad necesitaba explicarse su carisma
Pensar que Crowley “hipnotizaba” a la gente era más fácil que aceptar que algunas personas simplemente tienen talento para influir.
b) Sus enemigos exageraban su impacto
Si sus ideas eran peligrosas, entonces él debía ser un manipulador diabólico.
Era la excusa perfecta para demonizarlo.
c) La prensa creó el arquetipo del “mago perverso”
Era un personaje delicioso para vender historias. Ni Dickens habría imaginado uno mejor.
d) Él mismo fomentaba esa imagen
Nunca corrigió nada.
Nunca negó nada.
Al contrario, se encargaba de alimentar la idea de que tenía poderes especiales sobre las masas.
e) Su personalidad era más grande que él mismo
No necesitaba magia.
Crowley generaba seguidores por pura presencia.
Crowley no controlaba mentes ni dirigía hordas de devotos hipnotizados. Pero tenía un talento enorme para influir, provocando a su época y manipulando a la prensa sin siquiera intentarlo demasiado. Era un maestro de la imagen, del escándalo, de la narrativa y del misterio.
En otras palabras: un influencer… antes de que el mundo siquiera supiera qué era eso.
VIII. LOS ÚLTIMOS AÑOS: DE BESTIA A HOMBRE
1. Los rumores
Para mucha gente de la época, Crowley terminó sus días como un hechicero derrotado, un viejo siniestro que había perdido todos sus “poderes” y que vivía pagando las consecuencias de sus excesos. Los tabloides publicaban historias donde lo mostraban casi como un fantasma: enfermo, arruinado, solo, obsesionado con demonios que ya no lo escuchaban.
Había rumores de que vivía rodeado de objetos malditos, que realizaba rituales desesperados para recuperar su juventud, que se había convertido en una sombra de la “Bestia” que había sido, y que la muerte lo rondaba como si fuera un castigo divino.
Algunos incluso aseguraban que sus últimos seguidores lo abandonaron porque “había perdido la chispa”.
En estas versiones sensacionalistas, Crowley murió devorado por las mismas fuerzas oscuras que había invocado toda su vida. Una especie de final moralizante:
“El mago que juega con fuego termina quemado.”
2. La realidad
La verdad es menos épica, pero más humana.
Crowley no murió víctima de demonios, sino de su propio cuerpo… y de los excesos acumulados durante décadas.
a) Estaba enfermo, sí, pero no “maldito”
Tenía problemas respiratorios graves desde joven, y la adicción a la heroína (que en su época se recetaba como medicamento) lo debilitó cada vez más. Con los años, su salud se volvió frágil.
No había magia que pudiera contra eso.
b) Era pobre, pero no un mendigo
Crowley nunca fue rico, y en sus últimos años vivió con donaciones de amigos y seguidores.
Pero tampoco estaba abandonado por completo.
Mantuvo correspondencia, recibió visitas, y algunos de sus discípulos lo ayudaban.
Vivía modestamente, no en miseria.
c) Siguió escribiendo y enseñando hasta el final
Aunque estaba cansado y enfermo, Crowley siguió creando:
escribió textos, corrigió rituales, entrenó discípulos, y mantuvo viva la estructura básica de Thelema.
No era el Crowley explosivo de su juventud, pero tampoco era un cascarón vacío.
d) Murió acompañado, no solo
Murió en un hospice privado en Hastings, Inglaterra, en 1947.
Había seguidores con él, y no murió abandonado.
La imagen del “viejo solo y maldito” fue una invención conveniente.
e) Su funeral fue polémico… pero no por magia negra
Su funeral incluyó lecturas de textos de Thelema y algunos rituales simbólicos.
La prensa lo llamó “el primer funeral satánico en Inglaterra”, lo cual era una exageración total, pero ayudó a inflar su leyenda incluso después de muerto.
3. De dónde salieron los mitos
a) La gente ama los finales moralizantes
Un hombre que vivió al límite y desafió a toda la sociedad necesitaba, según el público, un final trágico.
Era más fácil aceptar que “pagó el precio”.
b) La prensa necesitaba cerrar su historia como una fábula
Los tabloides querían una narrativa tipo:
“Crowley desafió al cielo y el infierno, y ambos lo castigaron al final.”
Era perfecto para vender.
c) Sus enemigos espirituales aprovecharon su fragilidad
Grupos religiosos interpretaron su enfermedad como “justicia divina”.
Era el final que querían para él.
d) Crowley había creado un personaje demasiado grande
Al final, la imagen de la Bestia 666 era tan fuerte que la gente no podía imaginarlo muriendo de algo tan humano como enfermedad y cansancio.
Tenía que haber drama, oscuridad, castigo… algo digno del mito.
Conclusión de la sección
Los últimos años de Crowley no fueron un descenso sobrenatural a la oscuridad, sino la vida de un hombre mayor que cargaba décadas de excesos, dolores físicos, adicciones y fracasos… pero también la de un escritor que seguía trabajando, un maestro que seguía enseñando y un personaje que seguía consciente de su propio mito.
Crowley no murió como “la Bestia”, sino como el hombre detrás del disfraz, cansado, enfermo, pero fiel a su rareza hasta el último día.
IX. EL LEGADO DE CROWLEY: ENTRE EL MITO Y LA VERDAD
El legado de Aleister Crowley es un rompecabezas extraño: una mezcla de filosofía, provocación, destrucción personal, genialidad intermitente, y una enorme cantidad de chisme, rumor y mito que hasta hoy sigue flotando alrededor de su nombre. Para entender lo que dejó atrás, hay que separar tres niveles: lo que realmente aportó, lo que destruyó sin querer y lo que la cultura hizo con él.

1. Sus aciertos (sí, Crowley también los tuvo)
Aunque es fácil quedarnos con la imagen de escándalo, Crowley introdujo ideas y prácticas que más tarde se convirtieron en parte del mundo moderno de formas inesperadas.
a) Modernizó el ocultismo
Crowley reorganizó rituales, reinterpretó símbolos antiguos, combinó tradiciones orientales con occidentales y, básicamente, creó un sistema esotérico contemporáneo.
La mayoría de la magia ceremonial moderna —desde la Wicca hasta ciertas corrientes del neopaganismo— tiene algo de Crowley, aunque no siempre lo admitan.
b) Habló de libertad personal antes de que fuera común
Su concepto de Voluntad Verdadera parece muy místico, pero en el fondo es simple:
encuentra quién eres y vive desde ahí, no desde lo que los demás esperan de ti.
Hoy suena a frase de libro de autoayuda…
pero en 1904 era dinamita pura.
c) Rompió tabúes sexuales
Crowley hablaba de bisexualidad, de sexo ritual, de deseo como energía creativa… todo en un tiempo donde mencionar la palabra “pierna” en público era casi una ofensa.
Abrió puertas que otros después cruzaron con menos escándalo.
d) Dejó obra escrita impresionante
Te guste o no su estilo, Crowley escribió muchísimo: poesía, ensayos, rituales, diarios, análisis, ficción, comentarios filosóficos.
Escribir era su forma de respirar.
e) Inspiró a artistas por generaciones
Los Beatles lo incluyeron en la portada de Sgt. Pepper’s, Jimmy Page compró su casa, David Bowie lo nombraba como influencia, Led Zeppelin se obsesionó con él.
Crowley se volvió parte del ADN de la contracultura sin haber escrito una sola canción.
2. Sus errores (y estos sí fueron reales)
Crowley fue un hombre brillante… y a veces un completo desastre.
a) Su ego le ganó demasiadas veces
Quiso ser mago, profeta, explorador, poeta, guía espiritual, genio, ícono cultural.
Pero no supo cuándo parar ni cuándo callar.
b) Su adicción lo arruinó
La heroína y la cocaína lo destruyeron lentamente.
Se volvió impredecible, emocionalmente volátil, físicamente débil y cada vez más dependiente de otros.
Su visión espiritual se mezcló con sus necesidades químicas y eso distorsionó muchos de sus experimentos.
c) Fue negligente como líder
No supo cuidar a sus seguidores, y menos aún a sí mismo.
Eso no lo convierte en villano, pero sí en alguien incapaz de asumir responsabilidad sobre el impacto que tenía en los demás.
d) Sus relaciones personales eran un caos
Parejas, amistades, colaboradores… todos terminaban en conflicto, desgaste o confusión.
Crowley sabía inspirar, pero no sabía convivir.
3. Su impacto cultural (la parte que más sorprende)
La figura de Crowley se volvió más grande después de muerto. Lo que en vida era escándalo, después se transformó en influencia cultural.
a) El arquetipo del “ocultista moderno” existe por él
Antes de Crowley, el ocultismo era más religioso, más solemne, más académico.
Después de Crowley, se volvió teatral, personal, experimental y artístico.
Él le dio forma al “mago moderno”.
b) Mezcló espiritualidad con performance
Crowley fue una de las primeras personas en convertir su vida entera en una obra escénica.
Hoy eso es común (instagramers, tiktokers, creadores de contenido…), pero él lo hizo en 1900.
c) Plantó semillas en la contracultura hippie
La idea de libertad sexual, exploración psicodélica, rebeldía contra la moral cristiana y experimentación espiritual fue retomada masivamente en los 60.
Crowley fue un abuelo incómodo del movimiento.
d) El rock y el metal lo adoptaron como símbolo
No por su filosofía exacta, sino por el aura de “lo prohibido”.
Crowley se volvió un ícono pop.
e) Es un imán para el misterio
Películas, cómics, videojuegos, novelas…
Crowley aparece una y otra vez como referencia, inspiración o caricatura.
Es demasiado llamativo para ignorarlo.
4. La paradoja final
Crowley fracasó en casi todo lo que intentó lograr:
no creó una gran orden espiritual, no logró estabilidad, no construyó un movimiento global en vida, no fue un poeta reconocido, ni un mago aceptado.
Pero triunfó en algo que nunca planeó tan claramente:
se convirtió en un mito.
Un personaje más grande que él mismo.
Un símbolo de libertad, peligro, rebeldía, arrogancia, exploración y exceso.
Un ícono que puede ser interpretado como villano o como pionero dependiendo de quién lo cuente.
Eso es su legado.
Una mezcla explosiva de lo que fue, lo que dijo, lo que inventó y lo que la sociedad necesitaba que él representara.
CONCLUSIÓN
Aleister Crowley es uno de esos personajes que uno no puede encasillar en una sola palabra. No fue solo un ocultista, ni solo un provocador, ni solo un adicto, ni solo un gurú improvisado. Fue todo eso al mismo tiempo… y también lo contrario. Su vida es un desfile de excesos, contradicciones, genialidades fugaces y decisiones pésimas. Y lo más curioso: muchas de las historias que lo volvieron famoso son solo mitos inflados, exageraciones, chismes, interpretaciones extremas y, claro, algunos toques de autopropaganda que él mismo lanzó para verse más grande, más peligroso y más inolvidable.
Y eso es, precisamente, lo que hace tan fascinante escribir —y leer— sobre él.
Crowley vivió provocando al mundo en una época que no estaba preparada para un personaje como él. Su vida fue un choque frontal entre dos fuerzas:
una sociedad obsesionada con la moral, la religión y la apariencia…
y un hombre que parecía disfrutar romper cada una de esas reglas solo para ver qué pasaba.
Pero detrás de las capas de escándalo, detrás del disfraz de “Bestia 666”, detrás de la leyenda del mago oscuro, lo que encontramos es a un ser humano: a veces brillante, a veces irresponsable, a veces inspirado, a veces destruido. No hay demonios ni hechizos clandestinos, solo un tipo complejo, emocionalmente inestable, con ganas de explorar todo lo que estuviera prohibido.
Lo interesante —y quizá lo más irónico— es que, aunque Crowley fracasó en casi todo lo que quería lograr en vida, triunfó rotundamente después de muerto. Su figura se volvió mito, su nombre se volvió símbolo, y su rostro terminó apareciendo en portadas de discos, novelas, películas, videojuegos y hasta camisetas. Lo que la sociedad quiso destruir con escándalos terminó convirtiéndose en un ícono cultural imposible de borrar.
Crowley es una advertencia y una inspiración al mismo tiempo. Es un recordatorio de que los personajes más polémicos siempre nacen en el punto exacto donde la sociedad reprime algo que no quiere aceptar: deseo, rebeldía, individualismo, espiritualidad alternativa… lo que sea.
Y también nos recuerda que, a veces, las personas que más ruido hacen no son ni héroes ni villanos: son solo humanos demasiado grandes para caber en los moldes de su época.
Al final, entender a Crowley es entender cómo se construye un mito:
un poco de verdad, un poco de mentira, mucho escándalo, y un personaje que sabía perfectamente cómo ponerse en el centro del escenario… incluso cuando el escenario lo estaba consumiendo.

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